Sobreviviendo en un mundo machista: una mirada para hombres de fe.

Muchos de los varones que trabajamos en la educación para el cambio con los hombres igualmente bebemos, de una u otra manera, de las prácticas y estructuras de la masculinidad dominante. Esto genera verdaderos conflictos o tensiones en el ámbito de las relaciones humanas, sea con nuestras esposas o compañeras, con los hijos/ hijas, con los compañeros/ compañeras de trabajo.

Lentamente y quizá por influencia benéfica de la reflexión de género de muchas mujeres, fuera y dentro de las iglesias, se habla con más frecuencia de la masculinidad. Esa reflexión nos recuerda que “género” es la manera de construir las relaciones sociales articulándolas en dos polos, masculino y femenino, según los datos biológicos visibles, especialmente genitales, interpretados al nacer. Así, según nacemos con pene, somos etiquetados como hombres y se nos asigna un patrón de vida, un modelo socialmente definido y aceptado de comportamientos, valores y expectativas para ser hombres. Es la masculinidad asignada.

La masculinidad así asignada, independientemente de culturas y geografías, y asumiendo rasgos propios locales, va siempre unida a determinadas cualidades, sobre todo asociadas con la fuerza, la violencia, la agresividad, la potencia, la inteligencia y la idea de que es necesario estar probando y probándose continuamente que se "es hombre", que se ha logrado alcanzar el modelo definido de ser hombre. Este modelo definido no admite contrapuntos o alternativas, prevalece, se convierte en estereotipo. Es la masculinidad hegemónica. Desde este modelo hegemónico de masculinidad, se mide e interpreta a los hombres. Por supuesto, si este es un patrón de medida, no todos los hombres tienen éxito en adecuarse a esas medidas, inclusive físicas, con las que se mide su masculinidad. Esta masculinidad hegemónica que nos moldea afecta nuestra manera de interpretar nuestra lectura de los textos sagrados, nuestras prácticas eclesiales y por supuesto, nuestras convicciones religiosas y opciones políticas desde ellas.

Sin embargo, la realidad cotidiana nos va indicando otras cosas. Son muchos los hombres que no pasan el examen de la masculinidad hegemónica. Razones físicas, políticas, económicas, étnicas, sexuales, nos van abriendo el campo de visión para darnos cuenta de los hombres que al no caber en el modelo, exageran ciertas cualidades para disfrazarse de exitosos hombres hegemónicos (compulsiones), ocultando sus emociones y sentimientos o que generan situaciones caóticas como medidas extremas de autoafirmación y control sobre los demás (violencia, irresponsabilidad sexual, etc.). El modelo hegemónico, presentado como fuerte, inteligente y perenne, cuasi sagrado comienza a evidenciar las fisuras y por tanto su crisis.

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